El ocaso de la cultura
Breve análisis de la cultura contemporánea - Ortega y Gasset, Lipovetksy, Han
En este tiempo exacerbado de las elecciones del ‘yo’, de la cinética pluralista del individuo, la cultura se ha desprendido por completo de las ataduras institucionales que la dominaban. Somos testigos de una autonomía radical artística nacida del modernismo y multiplicada por el posmodernismo. No existen reglas para la creación, ni límites entre disciplinas. El arte, desligado del bagaje de las formas dominantes, se vuelve exploración subjetiva, es libre de manifestarse en cualquier medio y en cualquier lugar. El artista es hoy el ejemplo democrático por excelencia, todo tiene su sitio y su público.
A pesar de esta amplia visión, la cultura se enfrenta hoy a unos retos tecnológicos, filosóficos y sociales ineludibles. Como siempre, pide cambio, incluso si el cambio como tal es ahora su moneda de transacción. Ya no vivimos unos paradigmáticos cambios, si no un cambio de paradigma colosal que va a resonar con fuerza en cada estrato de las sociedades contemporáneas. Del mundo industrial al mundo digital, ¿qué le aguarda a la cultura?
A principios del siglo XX, se buscaba ‘deshumanizar’ la obra de arte, desgarrarla de la tradición, colocar la obra en una verdadera posición democrática. Gilles Lipovetsky escribe así:
'Lejos de contradecir el orden y la igualdad, el modernismo es la continuación por otros medios de la revolución democrática y de su trabajo de destrucción de las formas heterónomas. El modernismo instituye un arte liberado del pasado, soberanamente dueño de sí mismo, es una figura de la igualdad, la primera manifestación de la democratización de la cultura, aunque se presente como un fenómeno artístico elitista separado de las masas'.[1]
Ortega y Gasset consideraba que el arte nuevo no iba a ser para todos. Que se distinguiría entre aquellos que entienden y aquellos que no. La obra Pierrot Lunaire de Schönberg, basada en la atonalidad, dividió a la audiencia en dos. Había que entender sobre teoría para apreciar este nuevo lenguaje atonal y más tarde dodecafónico. Las reflexiones de Ortega no eran elitistas, sino que comprendió que la obra nueva requería conocimientos técnicos, exteriores. Más que la obra tradicional, Ortega cuestionaba nuestra aproximación a la misma. Mantuvo que el arte nuevo iba a requerir de nosotros una contemplación hacia afuera, donde el ‘yo’ se mantuviera alejado para poder vislumbrar lo que es la obra en sí misma. Esta contemplación hacia afuera fue el gran logro de la Segunda Escuela de Viena (Schönberg, Alban Berg y Anton Webern principalmente), una manera de entender la vida que filósofos como Byung-Chul Hal vuelven a rescatar:
‘La retirada del sí mismo es esencial para la justicia’.[2]
Una vez superadas las cuestiones técnicas – pues sabemos distinguir técnicamente un Goya de un Dalí – nos hemos centrado exclusivamente en los ‘estilos’ y en la especialización. Un especialista en Goya lo sabe todo sobre su arte y su vida, pero poco sabe de Beethoven. Los famosos compartimentos estancos que mencionaba Ortega se han convertido en compartimentos estancos globales, pero microscópicos.
El modernismo liberó de códigos y reglas el mundo de la cultura, creando un individualismo tan feroz como cuando Gauguin proclamaba: ‘He querido establecer el derecho de atreverme a todo’. En su libro Ortodoxia, Chesterton ya auguraba la mentalidad del individuo contemporáneo:
'... el nuevo rebelde es un escéptico y no se fía de nada. Carece de lealtades, y por tanto no puede ser un auténtico revolucionario. Y el hecho de que dude de todo se interpone en su camino cada vez que pretende denunciar alguna cosa, pues cualquier denuncia implica una doctrina moral de algún tipo y el revolucionario moderno duda no sólo de las instituciones a las que denuncia, sino de la doctrina en la que se basa para denunciarlas'.[3]
De una tradición, se pasó a la plena oposición de ésta. Sin embargo, la democratización que impulsó el modernismo paraliza la empresa creativa de hoy. Al no tener límites ni institución, y desestabilizada del eje que justificaba su búsqueda de libertad, la cultura se abre a todos los individuos. Una obra de Mussorgsky se mezcla con el rock sinfónico, una ópera es capaz de hacerte sentir mal fisiológicamente, un cuadro de Velázquez cobra la misma importancia que unas latas de cerveza expuestas en una galería de arte.
Belleza, intransigencia, repugnancia, denuncia, todo se mezcla en un hot pot de experiencias fluidas, de maravillas psico sensuales. El individuo se alza como creador-espectador, consciente, un ser humano crítico y narcisista que bandea su opinión en medio de millones como él. El sueño del modernismo, aquél que tanto se criticó y auspiciado por el capitalismo, se ha cumplido. Un ‘todo vale’ que, paradójicamente, debilita la creatividad.
La inmediatez, la prevalencia de los sentidos, la rapidez, la consumición enfermiza y constante, todo ha contribuido a que el individuo viva en un estado de reacción obsesiva-compulsiva. Ya dijo Nietzsche que el hombre moderno vive en un flux prestissimo, incapaz de digerir los estímulos. Pero no nos equivoquemos, el modernismo como expresión artística no ha sido el causante de este estrabismo. Más bien es el consumismo el que se ha aprovechado de la libertad que reclamaba el modernismo.
Existe hoy en día una falta de empatía, una apatía en el esfuerzo por comprender, originada por la obsesión del yo: de la salud del cuerpo y la eterna juventud, las vitaminas, los tratamientos faciales, la cirugía, la moda, el deporte en exceso, la comparación en redes sociales… Una obsesión por mostrarse distinto, contradictoriamente etiquetándose cuando su búsqueda original fue el de dinamitar las etiquetas. No contemplamos hacia fuera, siquiera rara vez lo hacemos, sino desde dentro, desde un yo profundamente enterrado en diversas neurastenias. Se ha roto la homogeneidad, la diferencia se encuentra cara a cara con la diferencia, cada una proclamando su derecho a una experiencia única, a una vida singular.
Se desvanecen los límites del género, el sexo y el placer, el disfrutar la vida, se vuelven máximas de un hedonismo que parece no tener fin. Su polo opuesto, aquellos que ven como una amenaza a este ser humano divergente y cambiante, son también posmodernos en su respuesta. Respuesta igual de narcisista en su empeño por mantener a toda costa un ‘yo’ aparentemente racional, en mantener las cosmovisiones fallidas.
Si el modernismo deshumanizó la obra de arte, el posmodernismo lo revierte. Ya no se trata de la obra en sí, sino de la experiencia, tanto del creador como del espectador. La obra no se sustenta por sí misma, necesita de la colaboración entre artista y audiencia, de una comunicación que acaba por relegar la obra a un segundo plano. Se trata de una humanización extrema, completamente radical. Todo parece un ataque o señalamiento personal. La falta de originalidad en la cultura de hoy se debe a esa apatía incapaz de originar algo vital: ‘el arte ya no es un vector revolucionario, pierde su estatuto de pionero y de desbrozador, se agota en un extremismo estereotipado’.[4] En suma, el arte pasa por ‘su fase depresiva’.[5] El reciclaje del material original, la adaptación, la repetición, pretenden revivir la experiencia de lo revolucionario, reinstaurar su valor innovador. No volveremos a emocionarnos como ese público que enloqueció al oír por primera vez La Consagración de la Primavera de Stravinsky en 1913.
No interesa lo nuevo, sino una relectura narcisista del pasado. Es más, lo ‘nuevo’ existe en la medida en que comprendemos el pasado. Una vez lo hacemos, veremos que lo ‘nuevo’ como tal no existe, sino una evolución, un desarrollo intuitivo y circunstancial, una repetición hermenéutica. Lo que etiquetamos como nuevo hoy en día no es más que el desarrollo de su predecesor. Si no entendemos el pasado, el individuo se mece en alturas que cree colosales, se percibe como único e intocable, alegando una originalidad en el fondo inexistente. Más que la cosa en sí, la originalidad puede conseguirse a través de los tortuosos caminos, que diría Unamuno, del ‘cómo’.
Hoy parecemos incapaces de crear algo nuevo porque el pasado pesa sobremanera. Ya dijo Schubert que para escribir sus sinfonías vivía a la sombra de Beethoven, pero eso no le detuvo en su creación. Lo que falta es el ávido deseo de comunicación, de querer alcanzar algo que va más allá de nosotros mismos. De nuevo, aparece la apatía porque ya se creó, o porque la IA es capaz de hacerlo en un minuto. No comprendemos que cada persona es capaz de materializar algo que va más allá de sí mismo. Pero seguimos encerrados en la contradicción, ya que, si todo el mundo es creador, el proceso queda banalizado. La historia se interpreta desde nuestra mirada, nos volvemos jueces y verdugos de aquello que hiera nuestra sensibilidad paradójicamente hierática pero extremadamente anclada en su indiferencia. Dado que esta visión es en muchas ocasiones insostenible, la IA ha venido para cambiar nuestro modo de entender tanto el pasado como el futuro, haciendo que nos cuestionemos de nuevo, y con urgencia, lo que significa crear y ser humanos.
A esto se añaden las vastas capas históricas de la cultura que cada vez nos es más difícil mantener y enseñar. ¿Qué permanece y qué no? ¿Quién decide sobre la importancia de una obra, de una cultura, de un idioma, y cómo? Ante los avances de la IA, ¿qué guardianes velan por la historia y la importancia de la cultura? Martin Rohrmeier escribió en un artículo reciente:
'Debido a la apertura general de los problemas en estos ámbitos y a la relevancia de la creatividad a nivel meta, dominios como el arte o la ciencia requieren de guardianes (expertos, comunidades, mercados) que evalúen y seleccionen lo que constituye un éxito creativo y su relevancia'.[6]
Quizás el mayor problema no sea que la cultura pase por su fase depresiva, sino que exista tanta creación que aquellas obras merecedoras de atención pasen desapercibidas. Que la cultura que incite, emocione y fomente el pensamiento y la vitalidad humana esté ahogada en océanos de rápida mediocridad, difícil de detectar porque no permanece. Medidas estas obras con un baremo intelectual y artístico que deja mucho que desear, la obra se desvanece en cuanto aparece otra.
El segundo problema guarda relación con esta creación en masa: la difícil distinción entre máquina o humano. Existen ya diversos softwares que detectan audio generado por inteligencia artificial, como Detect-2B de Resemble AI o Ircam Amplify. Estos softwares proporcionan algunos indicadores para su reconocimiento, siendo estos: ‘patrones repetitivos, falta de sutilezas emocionales, transiciones mecánicas, calidad de sonido uniforme y mezcla de géneros inconsistente’.[7] El objetivo final de este software es desarrollar técnicas avanzadas de marca de agua digital y medidas sólidas de derechos de autor. Pero aún existen muchas inconsistencias, ya que la música generada por IA se fusionará de manera más sutil con la música creada por humanos. El detector de música de Ircam Amplify también está igualmente comprometido con ‘garantizar un entorno justo y transparente para el consumo de música en las plataformas de streaming’.[8] Advierten que, sin embargo, estos softwares pueden cometer errores, catalogando una obra como artificial cuando fue concebida por humanos. Algo que, por desgracia, ocurre ya en muchas disciplinas dentro de las humanidades.
Me gustaría incidir ahora en un texto poco conocido fuera de los círculos orteguianos, su ensayo Meditación de la Técnica. Sin rodeos, Ortega nos lanza una proposición que cada ser humano ha experimentado, en mayor o menor medida. Nuestras necesidades orgánicas no coinciden con nuestra verdadera vida. No tenemos más remedio que comer, pero el comer, a diferencia de un animal, no constituye nuestra vida.
'Precisamente porque no siente el calentarse y el comer como lo suyo, como aquello en que su verdadera vida consiste, y de otro lado no tiene más remedio que aceptarlos, es por lo que se le presenta con el carácter específico de necesidad, de ineludibilidad. Lo cual, inesperadamente, nos descubre la constitución extrañísima del hombre: mientras todos los demás seres coinciden con sus condiciones objetivas – con la naturaleza o circunstancia –, el hombre no coincide con ésta, sino que es algo ajeno y distinto de su circunstancia; pero no teniendo más remedio, si quiere ser y estar en ella, que aceptar las condiciones que ésta le impone'.[9]
La existencia del hombre, su extraña condición en el mundo, es el interrogante por excelencia en la filosofía, la cultura, la religión y la ciencia. Cada época propone su pensamiento circunstancial para intentar resolver este gigantesco puzle cósmico y metafísico. Teniendo en cuenta esta doble constitución del hombre que nos presenta Ortega, el ser contemporáneo muchas veces reduce esta condición extraordinaria a un simple error de la naturaleza. El ser humano como bacteria, como enfermedad que devora el mundo, plaga en constante desequilibrio con su entorno. Esa extrañeza que ya percibió Ortega se ha multiplicado hasta llegar a cimas pesimistas, y, en su mayoría, nihilistas.
Este posmodernismo necesita al individuo aislado, para manipular su idea del mundo, controlar sus gustos y gastos, venderle lo que quiere, y evitar así un verdadero colectivo revolucionario. Las masas ya no son masas como tal, sino grupos diferenciales, divididos a la fuerza. Individuos en constante movimiento, pasando de uno a otro lado, insatisfechos pero activos. Individuos que todo lo cuestionan pero que a nada consiguen vincularse, ni siquiera a sus semejantes.
Ortega opinaba que el narcisismo es una manifestación excesiva que reduce el campo de atención, provocando problemas en el desarrollo existencial de un individuo. El uso excesivo de pantallas es ya una realidad en la población, una adicción, reflejo de un mundo que intuimos ha varado en un limbo. Narcisismo, nihilismo, hedonismo, son los recursos del individualismo contemporáneo, herramientas ante el estatismo de unas instituciones sin capacidad de cohesión ni gobernanza. Por otro lado, las grandes multinacionales, el big pharma, la publicidad, las redes sociales, el big data, intentan crear homogeneidad dentro de la diferencia, con un objetivo en su mayoría económico. Pero a lo sumo, el individuo A es tratado igual que el individuo B. Solo les separa una distinción alfabética o numérica.
No niego que el capitalismo sea fuente inagotable y necesaria para la libertad económica. Sin embargo, ya no se erige como estandarte de liberación, sino que es la única vía para sobrevivir, que no vivir, en las sociedades occidentales contemporáneas. Se ha vuelto tan ilimitado que su misma vastedad nos está forzando a cerrar filas y fijar de nuevo ciertos límites éticos.
Estamos anclados a trabajos precarios, anonadados por el streaming y el scrolling, enchufados constantemente a noticias cada vez más sesgadas y deliberadamente alarmantes, comunicados todo el tiempo y sin embargo completamente separados, adictos a una vida digital sin pasión ni rastro de voluntad. El tiempo avanza, y la historia también. Pero parece que no deseamos seguir. Todos con micrófonos y juicios severos, respaldados por la cantidad de likes. ¿Es esta la nueva democracia, o es una dictadura del ‘yo’ encubierta? Las incesantes etiquetas, la ansiedad, los trastornos obsesivos-compulsivos, el síndrome del impostor, la ingesta de ansiolíticos y analgésicos, un inacabable arcoíris en la sexualidad y el género, la opinión exigida como derecho. Es una búsqueda desquiciada de la que reclamamos respuestas inmediatas, soluciones rápidas, un fast food para todas nuestras necesidades existenciales.
En este mundo contemporáneo, se inventa el problema y se vende la cura. Tolstói escribía en su Sonata a Kreutzer:
‘Sacerdotes de la ciencia. ¿Quién pervierte a los jóvenes afirmando que esto es necesario para la salud? Ellos. Y luego, dándose mucha importancia, curan la sífilis… estos esfuerzos no se emplean para erradicar los vicios, sino para fomentarlos, para garantizar una práctica segura del vicio’.
El mensaje de Tolstói es
claro: hoy convivimos con evangelistas tecnológicos que crean o etiquetan cada
problema y después subastan el remedio.
Asediados, vemos impotentes cómo arde el
mundo, si bien, como decía el escritor ruso ‘todo el mundo piensa en cambiar la
humanidad, y nadie piensa en cambiarse a sí mismo’. Aquel teatro del mundo que
imaginaba Calderón se sumerge en una tierra profunda y dantesca llena de
estratos y máscaras, donde el ser permanece no ya oculto, misterioso y
maravilloso, sino forzosamente expuesto a una luz abrasadora. Cambiemos, pues,
este triste y aislado escenario por uno lleno de comunidad y alianza.
[1] Gilles
Lipovetsky, La Era del Vacío, Ensayos sobre el individualismo contemporáneo
(Editorial Anagrama, Barcelona, 2003), p. 105.
[2] Byung-Chul
Han, La Salvación de lo Bello (Herder Editorial, Barcelona, 2023), p. 95.
[3] G.K.
Chesterton, Ortodoxia (Acantilado: Barcelona 2013), p. 52.
[4] Lipovetsky, La Era del Vacío, Ensayos sobre el
individualismo contemporáneo, p. 145.
[5] Lipovetsky, La Era del Vacío, Ensayos sobre el
individualismo contemporáneo, p. 145.
[6]
Martin
Rohrmeier, ‘On Creativity, Music’s AI Completeness, and Four Challenges for
Artificial Musical Creativity’. Transactions of the International Society
for Music Information Retrieval 5 (1), (2022), 50 – 66: 54.
[9] José Ortega y Gasset, Meditación de la técnica (Espasa Calpe: Madrid, 1965), p. 20.



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