Rosalía. El renacimiento de la música
En España, el álbum de Rosalía ha despertado a las bestias de las etiquetas y el esnobismo, que la acusan de haberse entrometido en el privado mundo de la música clásica. Y, sin embargo, Rosalía desafía toda etiqueta con este nuevo disco. Solo su voz, indiscutiblemente única, nos acompaña a través de una historia de redención, espiritualismo y realismo, desde las bajezas de nuestra existencia hasta nuestros desvelos más hermosos.
Con este concepto de viaje, Rosalía sigue en catalán e inglés con ‘Divinize’, recordando el estilo de sus trabajos anteriores. Aprovechando la flexibilidad de ambos idiomas, el inglés está reservado para el estribillo, mientras que el catalán avanza la historia sobre el pecado. Aquella fruta prohibida que no puedes morder, aunque sí mirar. Un canto a la fe que no se puede materializar, exponiendo aquellas contradicciones que tan bien ha conseguido reconciliar el catolicismo: ‘una ausencia que sacia’, ‘el dolor una delicia’.
En ‘Porcelana’, Rosalía incorpora elementos
instrumentales interesantes a partir
de los versos ‘El placer anestesia mi
dolor, el dolor anestesia mi placer’ (combinación lírica, por cierto, muy
típica de nuestras canciones españolas). Una mezcla entre saeta no cantada,
sino recitada, con broches de la orquesta enfatizando el dramatismo, y que nos
hace recordar los pasos típicos de Semana Santa con ese si bemol y fa
borroso y el glissandi. Hasta que se deja caer en un suave rap en latín
‘Ego Sum nihil, Ego sum lux mundi’ (yo no soy nada, yo soy la luz del mundo’. Y
tras un débil trap en inglés, Rosalía vuelve a la tierra con su típico y
descarado flamenco, un descanso en la tonalidad y lo familiar. Rosalía
sorprende después con la incorporación de versos en japonés, el más destacado
‘soy la reina del caos, porque Dios así lo decidió’. Es una muestra de ese caos
al que nos sumergimos con Lux: luz y sombras.
Con ‘Mio Cristo Piange Diamanti’, volvemos al mediterráneo, esta vez tumbándonos por costas italianas con unas maravillosas letras. ‘Imperfectos, agentes del caos, nos desarmamos como los mitos, mi rey de la anarquía, mi astro imprudente favorito, cuando lloras recoge tus lágrimas y moja tu frente’. Y tras un corte súbito en el punto más álgido, Rosalía canta con su característico piano, mientras ligeros vientos en la orquesta pintan un cuadro de amor piadoso. De nuevo, se junta el canto más melódico con el recitado, herencia de la ópera italiana que Rosalía maneja a su gusto. Recuerda a las grandes canciones italianas de Claudio Villa, pero todavía más operísticas y grandiosas.
Y después del sol italiano, nos trasladamos a las iglesias germanas con ‘Berghain’ (‘arboleda de la montaña’). Rosalía explica que este término le inspiró el pensar la mente humana como un bosque, un laberinto en el que uno puede acabar perdiéndose. Con un estilo barroco desenfadado y convencional, lo que más llama la atención es la precisión del coro enfrentado a la flexibilidad de Rosalía. Es con esta canción que muchos han criticado su deriva hacia la música clásica. Sin embargo, el efecto es poderoso, lo concreto y conciso (el coro), contra lo ambiguo y fluido (Rosalía). Dada su trayectoria profesional, el que todavía opine que sus decisiones creativas son aleatorias verá con esta canción que se equivoca. ‘Berghain’ es una oda viva entre diversos estilos de la clásica, entre misa, ópera y oratorio, salteado con el estilo de Rosalía, Björk e Yves Tumor. Es extraño cuando los críticos desmantelan a los artistas que se nutren de la clásica, porque Rosalía ha vuelto a demostrar, como ya hicieron muchos en su día, que es fuente inagotable de inspiración. El vídeo de ‘Berghain’ realza todavía más el ‘angst’ (el temor, el miedo) que subraya toda la canción, escenas cotidianas que cobran un nuevo sentido lleno de visiones, tristeza y saturación. La escena con el tasador de joyas nos recuerda a ese Cristo que llora diamantes. Quizás en ‘Berghain’ Rosalía comienza a dudar de su fe. A pesar de estar acompañada por la orquesta, Rosalía está sola. Y es en esa soledad, pandemia desatada por nuestro desmesurado narcisismo, donde podemos dar el primer paso hacia el ‘nosotros’. ‘Su miedo es mi miedo, su ira es mi ira’.
En ‘Perla’,
el meloso ritmo de vals lanza un giro irónico, utilizado como burla, quizás, a
su relación con Rauw Alejandro. Sin duda Rosalía se alza por encima de él con
un álbum infinitamente superior a la música, por llamarla de alguna forma, del
puertorriqueño. Una muestra más del poder simbólico de la música clásica, o, al
menos, de su ilimitada variedad. En ‘Mundo Nuevo’, ese comienzo de saeta
retoma el hilo conductor del álbum, esta vez con cantos más propios de ésta,
romantizada, expandida. Y tras este breve pero glorioso canto, ‘De Madrugá’
comienza con ritmos latinos y voz más propio del trap, hasta que Rosalía
siente de nuevo la llamada de las palmas, los giros y el duende. Los versos en
ucraniano, ‘no busco venganza, la venganza me busca a mí’, es una muestra de
solidaridad hecha música ante los acontecimientos que nos contienen el aliento,
ya que la música española y la música eslava comparten cadencias, escalas y
texturas entre sí.
En ‘Dios
Es Un Stalker’, Rosalía da voz a su propia concepción de Dios, mezclada con
sus propias experiencias y con cómo se concibe a sí misma. El verso ‘soy el
laberinto del que no puedes salir’, es otro leitmotiv que nos une con
‘Berghain’. Lo curioso es que no queda claro cuándo habla Dios, o si Dios es
mujer, o si es Rosalía que intenta comprender a Dios entregándole su voz. En ‘La
Yugular’ los versos en árabe llenos de iracunda belleza, Por ti
destruiría el cielo, Por ti demolería el infierno, Así lo prometo,
Así lo amenazo dan paso al guiño flamenco con Undibel (Indíbel), palabra
caló para Dios que utilizaba frecuentemente Camarón o Diego ‘el Cigala’.
Mientras se desenvuelven los versos, Rosalía va expandiendo ese universo
infinito de Dios, de lo más pequeño a lo más grande, de la relatividad a la
mecánica cuántica. Hasta que la voz de Patti Smith, de una entrevista de 1976,
nos deja con la inamovible sensación de todo ser humano de querer conectar con
lo divino, y romper al fin las barreras que nos separan.
Tras
tomarnos una copa de ‘Sauvignon Blanc’ y reposar, conectamos de nuevo
con el flamenco, alegrándonos con Estrella Morente y Sílvia Pérez Cruz, ésta
última clara influencia en todo el álbum, en ‘La Rumba del Perdón’. Para
ir terminando, Rosalía incluye ‘Memória’, un fado al más puro estilo de
Amália Rodrigues, junto con la prístina voz de Carminho. No podía faltar esa
melancolía que tiñe la franja lusitana de azules y naranjas. Como broche final,
‘Magnolias’ cierra Lux con el funeral de Rosalía, que se despide
sin rencor, sin ese angst por el que hemos caminado con tanto dolor. Un
misterioso coro canta un mantra cambiante, las campanas, símbolo de muerte, se
ungen con el órgano llevando a Rosalía al cielo, mientras nosotros tiramos
magnolias sobre su ataúd.
Rosalía
vuelve a conmovernos con un disco lleno de belleza, trasgresión y creatividad.
Esperamos ansiosos ser testigos de la plena madurez de esta artista que ha
vuelto a insuflar vida al mundo de la música. Y con su último verso, humilde
recordatorio de lo que realmente somos, no’ vamo:
‘Promete
que me protegerás, a mí y a mi nombre en mi ausencia. Yo que vengo de las
estrellas, hoy me convierto en polvo, pa’ volver con ellas’.



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