Cecilia Bartoli en el Auditorio Nacional de Música - Orfeo ed Euridice
Cecilia Bartoli en el Auditorio Nacional de Música - Orfeo ed Euridice
Escuchar
a Cecilia Bartoli, ya sea por primera o por enésima vez, es una experiencia
enriquecedora y única, una lección del vigor que habita en la voz humana. La
primera vez que oí a Bartoli fue hace años, cuando lanzó aquel álbum en 2010
titulado Sospiri.
La
famosísima melodía en ‘Lascia ch’io pianga’ de Rinaldo, que tanto
conocemos hoy, apareció por primera vez en una ópera de Händel llamada Almira.
Más tarde reapareció en su oratorio Il trionfo del Tempo e del Disinganno,
esta vez, con el título ‘Lascia la spina, cogli la rosa’. Bartoli divulgó este
último título del oratorio de Händel. El verso, ‘dejar la espina y coger la
rosa’ embelleció sobremanera una melodía ya de por sí magnética y celestial.
Reconocida por sus interpretaciones con base histórica, el talento de Bartoli y
su agudeza para el drama traspira por cada nota, internándonos en los palacios,
en las cortes y los salones, con los rojos, verdes y azules aterciopelados que
emanan de su voz.
El
27 de noviembre, Bartoli nos presentó el Orfeo ed Euridice de Christoph
Willibald Gluck junto con el grupo Musiciens du Prince-Monaco, bajo la
dirección de Gianluca Capuano y Jacopo Facchini como director del coro. Estrenada
en Viena en 1762, lo primero que me llamó la atención fue que los músicos se
encontraban de pie, menos aquellos cuyo instrumento no lo permite. Últimamente
esta propuesta ha ido ganando terreno, ya que permite a los músicos ser
partícipes del drama. Algo similar pudimos observar con el estreno de Farnace
de Vivaldi el 27 de septiembre de este año en el Teatro Real. Personalmente,
encuentro que funciona muy bien, especialmente en óperas barrocas y de menor
tamaño, dando más vida e individualismo a cada instrumento.
En
este concierto de Bartoli, los músicos entraban y salían de forma discreta, a
veces con el coro. Otras veces el coro se mezclaba entre los músicos, y Bartoli
y Petit hicieron de la orquesta principal partícipe en la tragedia de Orfeo. Gianluca
Capuano dirigió con precisión y sensibilidad, atento en todo momento a las
cantantes y potenciando el fraseo de cada instrumento para alcanzar su máximo
esplendor.
La literatura de Orfeo:
Qué
decir del mito de Orfeo que no se haya dicho ya; el destino inmutable, la
intervención divina, y la lira mágica que conmovió a Hades y a Perséfone en las
profundidades del inframundo. Por primera y última vez, los tormentos del Hades
cesan al escuchar el canto desgarrador de Orfeo, que había atravesado
innumerables peligros para rescatar a su amada Eurídice. En cualquier versión
del mito, Orfeo no puede esquivar a la muerte. Unas veces es asesinado, otras
castigado o maldecido, en otras se suicida o es despedazado. En la versión de
Eratóstenes, Zeus acomodó la lira de Orfeo en las constelaciones, una estela
sideral para recordarnos que la música apela a nuestros sentimientos más inmaterialmente
extraordinarios.
Monteverdi y Gluck:
No podemos hablar de Orfeo sin aludir a la obra maestra de Monteverdi L’Orfeo, en particular esa aria ‘Possente Spirto’ que Orfeo canta en el averno para apaciguar a las sombras y furias del Leteo. Con Gluck, los recitativos cobran una nueva importancia; no sólo avanzan la historia como cabe esperar, sino que se vuelven más expresivos. Bartoli y Petit consiguieron que los recitativos nos aguijonaran con todo su poder emocional, y con una maestría en las dinámicas excepcionales. Bartoli es conocida no sólo por su fuerza vocal, sino por esa agilidad y sensibilidad en cada nota, que hizo que el público se quedara hipnotizado. Y así Bartoli, como Orfeo, nos encandiló como a aquellas furias del Hades.
El
mito de Orfeo sigue conmoviendo al público. En la ópera de Gluck, Orfeo y
Eurídice tienen una final feliz, ya que Amore (Cupido) se apiada de Orfeo al
ver que está a punto de suicidarse tras su segunda pérdida, y permite el
retorno de los enamorados al mundo de los vivos. Sin embargo, en esta versión
de Bartoli, los enamorados no encuentran un final feliz. Eurídice perece de
nuevo, y el destino de Orfeo queda suspendido en una nota ambigua. El coro, uno
de los grandes protagonistas de la noche, cerró la velada rodeando de nuevo el
cuerpo de Eurídice mientras sus velas se difuminaban con ‘Ah, se intorno’. Esta
versión eliminó los últimos ballets del tercer acto, con Bartoli dando el
broche final con ‘Ma, finisca e per sempre’, y el coro retomando el ‘Ah, se
intorno’ del primer acto.
Christoph Willibald Gluck:
Gluck buscaba reformar la ópera alemana simplificando la música y la poesía. En 1777, escribe:
Me he convencido de que la canción… debe ser tan variada y con tantas facetas como el sentimiento en sí; en resumen, que las voces, los instrumentos, los tonos, e incluso las pausas, deben aspirar a un objetivo – la expresión – y el acuerdo entre palabra y canción debe ser que ni el poema parezca hecho para la música ni la música hecha para el poema.[1]
Una aspiración entre poesía y música que nos recuerda a lo que diría Felipe Pedrell siglos más tarde sobre la música y la poesía, influenciado por el mismo Gluck. Tanto las cantantes como el conjunto instrumental brillaron e hicieron realidad estas palabras de Gluck. El flautista Jean-Marc Goujon interpretó la ‘Danza de los Espíritus Bienaventurados’ de una manera sublime, casi divina. No pude evitar algunas lágrimas mientras Goujon se mecía por el escenario con el instrumento. La sencillez de Gluck emanaba del canto de este fantástico músico, cuyo dominio de la flauta le valió una merecida ovación.
Puesta en escena y highlights:
La puesta en escena en el Auditorio Nacional fue sencilla pero potente. Unas velas para el coro, algunos cambios de vestuario acorde a la situación (el traje negro de Bartoli al principio y los vestidos de luto con velos de las mujeres del coro), un juego de luces sencillo, y el uso de entradas y salidas a lo ancho del auditorio, como la bajada al infierno de Orfeo, y su misma puerta, engrandecida por el coloso órgano iluminado de rojo. La percusión, interpretada magistralmente por Saverio Rufo, contaba con un eolífono, o máquina de viento, que rugía en la temible ‘Chi mai dell’Erebo’.
El
famoso lamento de Orfeo ‘Che farò senza Euridice’ está compuesta en una
tonalidad mayor, lo cual ha engendrado numerosas teorías al respecto entre
filósofos y musicólogos. Algunos opinan que esa tonalidad mayor describe a Eurídice
y al pasado, unos recuerdos felices, mientras que los pasajes de Orfeo están en
una tonalidad menor. Este juego de tonalidades captura tanto la desolación de
Orfeo como las memorias de felicidad. Bartoli y el conjunto ofrecieron el
lamento con más rapidez para evocar la desesperación de Orfeo. Pero cuando
Bartoli se acercaba al final, se redujo la velocidad, lo que supuso un enorme
cambio en el dramatismo de los versos, y consiguió, con la inherente tonalidad
mayor, conmover mucho más.
Con este concierto, fuimos testigos de que la buena ópera, los buenos músicos, no necesitan cientos de miles de parafernalias para entusiasmarnos, ni grandes presupuestos ni complejos artilugios. Es una sana señal de que la ópera puede traspasar las barreras de su propio espacio como género. Por ello, hay que defender propuestas que revisitan estas grandes obras maestras y consiguen asombrarnos de nuevo. Fue un concierto de lo más hermoso, con ligeros toques de humor, amabilidad, terror y tristeza.
[1] Hedwig and E.H. Mueller von Asow, eds., The Collected
Correspondence and Papers of Christoph Willibald Gluck, trans. Stewart
Thomson (London, 1962), p.99.


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